Calabaza, se acaba un nuevo día y como todas las tardes quiero despedirme de ti.

Quiero despedirme y darte las gracias, una vez más, por seguir aquí con nosotros. Tú, que podrías estar en las mesas de los ricos y los poderosos, has elegido el humilde bancal de un pobre viejo para dar ejemplo al mundo.

Yo no puedo olvidar que en los momentos más difíciles de mi vida, cuando mi hermana se quedó preñada del negro, o cuando me caparon el hurón a mala leche, solo tú prestabas oídos a mis quejas e iluminabas mi camino.

Calabaza, yo te llevo en el corazón.

De Amanece, que no es poco, José Luis Cuerda, 1988.